LA ESMERALDA DE LA MEDIA LUNA

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La boda de Alfonso XIII con Victoria Eugenia atrajo a la capital española en 1906 a una infinidad de cabezas coronadas de casi todo el mundo. Estos aprovecharon a disfrutar de todas las frivolidades que Madrid podía ofrecerles, como en el Central Kurssal, un frontón que por las noches se travestía de local nocturno, donde el Maharajá de Kapurthala, por casualidad, se fijó en una joven bailarina de 16 años.

Anita Delgado, que junto a su hermana formaba parte del dúo Las camelias, era de nacimiento malagueña, pero el trabajo de su padre obligo a la familia  mudarse a Madrid. De gran desparpajo y belleza, las camelias lograron ser contratadas en varios lugares de espectáculos donde entablaron amistad con infinidad de bohemios de la capital, siendo estos los auténticos artífices de la admiración del maharajá por Anita.

La descubrió en el escenario y se enamoró de ella perdidamente… Pero el pobre maharajá solo recibía respuestas negativas y desplantes ante todos sus ofrecimientos. Cartas, joyas, flores, todo era devuelto a sus remites. Anita siguió con esfuerzo pero a rajatabla el consejo de sus inteligentes amigos, que viendo el filón, estaban dispuestos a ayudar a que la joven cambiase drásticamente de vida junto al tercer hombre más rico de India.

En un tiempo prudencial, para que el maharajá no se olvidase de ella pero diese sus esperanzas por perdidas, llego una carta a Kapurthala, era de Anita, aunque fue escrita en el café de Levante por el puño y letra de Valle-Inclán. Fue tan extraordinaria que se envió rápido la orden a París de acoger a la malagueña y ser educada como una reina.

Transcurrido un año se convirtió en la perfecta esposa que Jagatjit Singh pretendía. Consiguió dominar en parte el francés y su estética y modales cambiaron según su nuevo estatus. Casada ya por poderes emprendió viaje al lejano reino, a pies del Himalaya,  que sería su nuevo hogar. Al llegar de su larga travesia fue agasajada con joyas y vestidos tradicionales para su apresurado enlace religioso, en el cual sería montada a lomos del elefante sagrado del maharajá y paseada a vista de todos.

Subida a este elefante y camino del altar con el resto de su corte se fijó en un fantástico medallón de esmeralda que el elefante portaba en la frente. En la religión sikh, el elefante del rajá es la encarnación de la diosa Ganesha y era frecuente elaborar ricos talismanes que se ofrecían  para protegerlos en ceremonias públicas.

Anita insistió durante meses al maharajá para que le regalase la media luna que tanto apreciaba, y aunque a ojos de su marido era una piedra de poca importancia, pues tenía gemas  mayores, se negaba a darsela ya que sabía que era un símbolo religioso para su pueblo y que podría entenderse como una afrenta al dios.

Tenia una vida con relativa calma en el palacio que su marido había ordenado construir para ella y poder vivir lejos del harem que tanto la disgustaba. Pasaba los días junto a su doncella española jugando con infinidad de piedras del tesoro real para ver como montarlas de mejor manera, mientras su país de adopción la miraba como una intrusa aventurera y la corona británica se negaba a reconocer el matrimonio. Aun así Ana seguía teniendo todo el afecto del Maharajá, que la lucia como otro objeto de su triunfo al saberse tan poderoso que le importaba poco lo que opinasen ni los ingleses ni sus súbditos.

En cierta ocasión el Nizam de Hyderabad, el hombre más rico del mundo por aquel entonces, quedo deslumbrado con la tez blanca y las bellas facciones de la mujer hasta tal punto que ordeno en mitad de una cena abrir la cámara del tesoro para invitar a Ana a una visita privada, en la cual ofreció a la joven todo lo que quiso coger.

A su vuelta a Kapurthala, Jagatjit ciertamente molesto de celos decidió ofrecerle el tesoro que tanto deseaba para competir con los regalos del Nizam, con una sola condición.-Si aprendes tan fluidamente mi idioma natal como para que un ciego crea que eres nacida aquí, te regalaré la luna-.

La propuesta fue tomada como un reto. De la misma forma que aprendió francés también aprendió el panyabí y el día en que Ana cumplió 19 años fue presentado un ciego ante el maharajá para realizar la prueba. Debió de resultar bien ya que por la noche la luna pendía en la frente de la malagueña.

Durante un tiempo la lució con la montura que tenía en el elefante hasta que la piedra es enviada a París para ser montada en la ferronière en la que hoy se conserva, más cómoda para lucirla en la frente.

Pasó 20 años más en India, pero como todos los cuentos, el suyo también llegó a su fin. En una maraña de escándalos con tintes románticos fue repudiada por el Maharajá, aunque siguieron siendo buenos amigos y corrió con todos los gastos de la princesa hasta su muerte.

Ana dividió el resto de su vida entre Francia y España, rodeada de esos bohemios con los que tanto se divertía, siendo musa de muchos de ellos, que veían  con romanticismo el encarnado  cuento de la princesa india.

Las joyas permanecieron ocultas durante muchos años en la mesita de noche de Ana, que las conservo hasta el final de sus días como testigos reales de que su historia no fue un sueño.

En el año 2007 sus herederos vendieron parte de la colección en subasta por la casa Christie´s y hoy en día la esmeralda de la media luna se encuentra en manos de una coleccionista privada.

Alejandro Helios.

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